Mi sentimiento y amor por mi país, me llevó a plasmar unas líneas para drenar una sensación que tengo atragantada y no me sale del pecho ante los eventos del 24 de junio
Cuando la caída parece más profunda, Venezuela saca más fuerza para superarse a sí misma.
En estos días no vimos héroes extraordinarios. Vimos algo quizá más valioso: personas comunes que, aun atravesadas por su propio dolor, encontraron la manera de ayudar a alguien más.
Vivir una tragedia de esta magnitud nos sacude, nos cambia y nos deja preguntas difíciles de responder. Pero ver a tantos venezolanos acompañándose y compartiendo lo poco o mucho que tenían, me infla el pecho renovando mi orgullo por este país.
Como venezolanos, muchas veces nos preguntamos por qué nos ha correspondido enfrentar pruebas tan difíciles. La única respuesta que encuentro es que estamos hechos de una fibra única y profundamente resistente, capaz de doblarse, pero también de volver a levantarse.
Durante estos días, los venezolanos demostramos que la palabra “hermano” no depende de un apellido ni de un vínculo de sangre. También se construye cuando alguien decide no dejar solo a otro en el momento más difícil.
No quiero romantizar el dolor ni afirmar que una tragedia necesariamente nos hace mejores. Pero sí puedo decir que, al ver cómo respondió nuestra gente, me sentí más comprometido, más consciente de mi responsabilidad y profundamente venezolano.
Lo ocurrido sacó a la superficie lo mejor de cada venezolano: la solidaridad, la valentía, la disposición de ayudar y esa forma tan nuestra de no dejar solo a quien lo necesita.
Estos acontecimientos nos recordaron que una institución de salud no se define únicamente por su infraestructura, sus equipos o sus protocolos. Se define, sobre todo, por las personas que deciden permanecer, responder y cuidar cuando todo alrededor parece incierto.
Mientras muchas personas enfrentaban sus propios temores y preocupaciones familiares, nuestros médicos, enfermeras, colaboradores y aliados permanecieron al lado de los pacientes. No porque ignoraran lo que ocurría, sino porque comprendieron que, en ese momento, cuidar era también una forma de sostener al país.
Esta experiencia nos golpeó y nos dejó profundamente tocados. Pero también nos recordó por qué elegimos dedicarnos a la salud: para estar presentes, especialmente cuando las personas más necesitan sentirse protegidas.
Cuando la vida nos pone frente a nuestra mayor vulnerabilidad, entendemos que la salud no es solo la ausencia de enfermedad: es también sentir que alguien está allí para cuidarnos.
Una institución de salud demuestra verdaderamente su propósito cuando, en medio de la dificultad, es capaz de seguir cuidando con seguridad, sensibilidad y profundo respeto por cada vida.
Cuidar no siempre significa tener todas las respuestas. A veces significa permanecer, escuchar y hacerle sentir a una persona que, incluso en su momento más difícil, no está sola.
Nuestro propósito cobra mayor sentido cuando la realidad nos exige más: estar preparados para atender, pero también dispuestos a acompañar con humanidad.
